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25 de agosto de 2013

El desafío de entrar antes de que se cierren las puertas

No es extraño que en reuniones tanto personales como profesionales en las que es necesario que se rompa el hielo, uno se convierta en la solución a un incómodo silencio al compás del comentario: ¿Y que maraton vas a correr próximamente? A mi no me desagrada la pregunta porque me gusta todo lo que tengo la fortuna de hacer hoy en día, incluyendo correr. Pero, en ese caso suele ser también habitual que alguien, con una agilidad mental notable, entre rápidamente en la conversación con alguna de las dos frases que se escuchan con cierta frecuencia cuando uno confiesa, o le animan a confesar, que es corredor:

- Pero oye, ¡si correr es de cobardes!

O, la otra también emblemática de

- Yo me levanto temprano a correr....las cortinas para seguir durmiendo

Ambas expresiones suelen ir acompañadas por alguna carcajada o en ocasiones por una sonrisa, más modesta. Nunca he entendido el sentido de estas expresiones, ni tampoco la necesidad última e íntima de quien hace afirmaciones de tal naturaleza. No voy a intentar piscoanalizar a nadie, pero creo que esos comentarios no tienen respuesta posible (aburre un poco la constancia de los mismos) salvo la certificación que cada día en la mañana en El Parque del Este en Caracas, o en Los Malecones en Lima, o en el El Parque del Retiro en Madrid o en El Paseo Marítimo de Coruña, compruebo que hay centenares de .......... cobardes. Es sólo otra perspectiva pero, en todo caso, soy un convencido de que el respeto por las preferencias de cada cual es uno de los valores que hemos de mantener y promover. Escuchar y observar es parte de la esencia de la comunicación que nos permite conectarnos con los demás y encontrar la colaboración necesaria para cumplir algunos de nuestros sueños sobre la base del respeto.

Hace unos días transitaba por Lima con mi estimado Luis Alberto Amez, un excelente profesional al que recomiendo con los ojos cerrados. Lucho me apoya con su servicio de transporte cuando voy a Lima. En esta ocasión era temprano en la mañana y hacíamos nuestro trayecto habitual entre la ciudad de Lima y el aeropuerto Jorge Chavez. Avanzando por la Vía Expresa discurrían nuestras habituales y agradables conversaciones sobre temas siempre interesantes. Mientras hablábamos, inmersos en un denso tráfico, mi mirada se centró en el esfuerzo de tres personas que aceleraban su paso camino a la parada del Metropolitano, sistema de buses que hace unos años opera en esa vía, atravesando una buena parte de Lima. El paso acelerado de estas personas terminó en franca carrera con el objetivo clarísimo de conseguir alcanzar el bus que en esos momentos estaba detenido en la parada. Finalmente las tres personas consiguieron su meta y entraron en el bus instantes antes de que éste cerrase sus puertas para continuar camino.

Algo me llamó la atención de esa escena y se me quedó grabado en la mente. Era la sonrisa de absoluta satisfacción de las tres personas una vez que consiguieron entrar en el bus. Aunque seguro que unos minutos más tarde vendría un nuevo bus y por lo tanto la cosa no era un asunto de vida o muerte. Pero la magia estaba en que habían conseguido su objetivo. Quizás sea pretencioso llamarlo desafío pero, como quiera que le llamemos a lo que pasó, en ese momento estaba superado. Se les veía radiantes y la sonrisa que cualquiera podía leer en el rostro de esas personas era sincera, espontánea, honesta a más no poder.

La paradoja de Richard Easterlin se desarrolla en el artículo publicado en 1974 "Does economic growth improve the human lot? Some empirical evidence" y en ella Easterlin trabaja sobre el paradigma de si a mayor nivel de ingresos alguien tiene mayor felicidad. Es evidentemente discutible, aunque estas reflexiones forman parte de los conceptos de la economía de la felicidad que particularmente me resultan muy atractivos (recuerde la referencia a ella en mi post El Rey de Butan, Hoover y 48 leyes perversas.... ). En la empresa es importante sonreír (ser felices) como reacción a momentos de éxito y definitivamente no es imprescindible que esos momentos se generen a través de grandes conquistas. Despreciar, o desconocer, la satisfacción de una persona cuando consigue un "pequeño" éxito en su trabajo es similar a hacer burla de alguien por vivir cada día la satisfacción de correr un kilómetro más o hacerlo a un ritmo mejor.

En última instancia no importa que sea lo que le motive. Puede ser terminar un maratón, o finalizar un juego de Xbox, o una partida de ajedrez, o ensayar una nueva pieza con el saxofón, o concluir un post, o cocinar unos simples y deliciosos huevos fritos, pero en todos esos casos se puede encontrar un afán de superación y, quizás, un pequeño sueño cumplido. ¿Qué ello es insignificante para muchos? Lo verdaderamente importante es que sea satisfactorio para quien lo hace y que con ello pueda contagiar a otros entusiasmo y optimismo. En una empresa se crea un enorme valor cuando sumamos la felicidad de los colaboradores obtenida a través de las pequeñas conquistas del día a día de cada uno de ellos. Por tanto, uno de los grandes compromisos de los líderes debe ser generar los espacios necesarios para que cada cual busque su "metro cuadrado" de felicidad.

Mi mensaje para cada uno de los colaboradores de una organización, mi propuesta, es que cada cual encuentre donde está el desafío (no importa cuan pequeño pueda parecerle) que le va a activar esa sonrisa que, como ya vimos en el ejemplo del bus, viene en nuestro código genético.


Raúl Baltar

6 de mayo de 2012

El Rey de Butan, Hoover y 48 leyes perversas... ( Parte II )


Sin duda no todo el mundo busca ser querido, apreciado o, sencillamente, caer bien. Algunos ejecutivos tienen motivaciones bastante diferentes. Hace unos cuantos años me regalaron un libro titulado Las 48 Leyes del Poder escrito por Robert Greene. Sin duda un libro peculiar y desafiante a juzgar por los títulos de las 48 leyes en cuestión. Aunque recomiendo revisar con detenimiento el trabajo de Greene, sorpréndase y lea a continuación algunos ejemplos de esas leyes:

  • Nunca le haga sombra a su amo
  • Nunca confíe demasiado en sus amigos; aprenda a utilizar a sus enemigos
  • Disimule sus intenciones
  • Busque llamar la atención a cualquier precio
  • Haga que la gente dependa de usted
  • No se comprometa con nadie. 
  • Mantenga el suspenso. Maneje el arte de lo impredecible
  • Diga siempre menos de lo necesario
  • Revuelva las aguas para asegurarse una buena pesca
  • Mantenga sus manos limpias

En cada una de las cuarenta y ocho leyes encontrará explicaciones como la siguiente, que les dan fundamento:

"Sólo los tontos se apresuran siempre a tomar partido. No se comprometa con ninguna posición o causa, salvo con la suya propia. El hecho de mantener su independencia lo convierte en el amo de los demás. Obtenga beneficios oponiendo a las personas entre si" 

En mi opinión lo anterior suena como lo que es, un despropósito. Lo sé. Pero despropósitos como este y similares los podemos encontrar en la historia profesional que a cada cual le toca vivir. Todos sabemos que las agendas personales existen. Eso no es lo relevante. Pero, eso sí, lo estrictamente personal no puede justificar cualquier acción. Más bien, entre las responsabilidades primarias de un líder moderno, debe incluirse la sincronización absoluta de su agenda particular con los intereses generales de la organización. Sin embargo, sincronizar no es sencillo y la historia ofrece ejemplos abundantes que demuestran la dificultad de lograrlo. Sin ir más lejos, recientemente vi en el cine "J. Edgar", película de Clint Eastwood acerca de la vida de Edgar J. Hoover, quien se mantuvo casi 40 años y seis diferentes Presidentes de Estados Unidos como Director del FBI.......a pesar de su impopularidad y seguramente gracias a su manejo del poder.

"Ya es hora de que esta generación pueda distinguir entre los villanos y los héroes"

La anterior frase, atribuída en la película a Hoover, es ilustrativa del concepto de poder como medio para conseguir un fin (agenda personal) no importa el precio. ¡Ah! Y además con un gran aval: estar en el lado de los buenos. Si ve la película y hojea también el libro de Greene descubrirá seguramente algunas coincidencias entre ambos. Y si se aventura a ir más allá y reflexiona sobre su entorno, o sobre su propia actitud, quizás descubra que algún capítulo del libro le resulta extrañamente familiar y quizás incómodo. Considero que aún se encuentran seguidores de las leyes del poder con demasiada frecuencia. Algo pasó entre querer ser del equipo de los buenos en los juegos infantiles y, con el paso de los años, postular con seriedad a estar en el bando de los malos a través de ser un profesional que pretende ser el amo de los demás o revolver las aguas para obtener una buena pesca. Lo más probable es que quien se sitúa en el bando de las "malas prácticas" gerenciales, quizás se ofreciera como voluntario para ser indio o ladrón en los juegos infantiles que describía en la primera parte de este post......¡Quien sabe! En todo caso lo central es que soy un convencido de que, en la mayor parte de los casos, no todos los jefes son conscientes de los efectos frustrantes de determinadas actitudes gerenciales. Y si ese comportamiento es inconsciente, lo importante entonces es reconocer el uso de una mala práctica y que ésta puede ser corregida. Mi experiencia personal es que las malas prácticas pueden ser reconocidas y abandonadas en la mayor parte de los casos.

En todo caso, quien sigue este blog adivinará que no puedo estar más alejado de ciertos manejos perversos del poder que lo que generan es un pésimo ambiente laboral y, por lo tanto, resultados negativos para la organización. Apostemos por alejarnos de ese tipo de manejos y de quien los practica. Perseguir la felicidad es difícil pero nos podemos acercar mucho al bienestar.




La imagen anterior muestra a un grupo de colegas de Banco Exterior tras una jornada de trabajo y los gestos no se si hablan de felicidad, pero si de satisfacción y "buena onda". Es posible ejercer el liderazgo, ganarse el respeto de las personas, conseguir buenos resultados y generar buen clima laboral. Incluso debemos considerar que existen ejemplos interesantes en la historia que van más allá de una organización empresarial, como el del rey de Butan, Jigme Singye Wangchuck, cuando decidió hace más de 40 años sustituir el Producto Interno Bruto en su país por la medición de la Felicidad Nacional Bruta. Y lo cierto es que el rey Jigme no fue el primero en plantearse algo de esa naturaleza. El senador Robert Kennedy pronunció un discurso el 18 de marzo de 1968 (tres meses antes de ser asesinado) en el que hacía una severa crítica acerca de la forma en la que se calculaba el PBI, concluyendo con la siguiente expresión:


"El producto nacional bruto no permite medir la salud de nuestros hijos, la calidad de su educación o la alegría de su juego. No incluye la belleza de nuestra poesía o la fortaleza de nuestros matrimonios, la inteligencia de nuestro debate público o la integridad de nuestros funcionarios públicos. Tampoco mide ni nuestra inteligencia ni nuestro valor, ni nuestra sabiduría ni nuestro aprendizaje, ni nuestra compasión ni nuestra devoción a nuestro país, en definitiva mide todo, salvo lo que hace que la vida valga la pena"


Si. Perseguir la felicidad es difícil, pero la felicidad puede ser una consecuencia interesante de ejercer prácticas de liderazgo que no sólo busquen caer bien a los demás. Es interesante comenzar por entender que el poder es muy difícil de administrar y ser consciente de que, si en la vida profesional hay la oportunidad de manejar algunas dosis del mismo, debe buscarse una fórmula en la que se incluyan ingredientes positivos (felicidad, generosidad, rigor, justicia, pasión) y no solo aquellos (48 leyes) cuyo propósito sea alcanzar un dominio que le mantenga a uno "atornillado"al sillón de mando. Proteger el poder es una mala inversión que no lleva a ninguna parte. La protección de la pequeña o gran parcela de poder está, generalmente, condicionada a convertir las cosas en más complejas de lo que son, en hacerlas ininteligibles para cualquiera y enredadas para todos. Malo. Malo. Malo.

Es por eso que las cosas simples son fascinantes y cautivadoras. En "El viejo Japón y yo" título del discurso pronunciado por Yasunari kawabata en la ceremonia de entrega del premio Nobel de Literatura en 1968 (el mismo año que Kennedy pronunció aquel discurso....) encontré la siguiente frase:

"En la ceremonia del té late ese espíritu resumido en los preceptos de armonía, reverencia, pureza y tranquilidad, que encierran una gran riqueza espiritual. La sala donde se practica la ceremonia del té, tan severamente simple y sencilla, implica una extensión ilimitada y la máxima elegancia"

Generar felicidad en los demás no se consigue cayendo bien a la gente. No es un axioma. Muy por el contrario, caer bien a los demás puede ser una "actividad" agotadora y posiblemente frustrante. Sin embargo, buscar el mejor desarrollo de las personas es una meta atractiva y motivadora. 
Mi recomendación es que no fabriquemos enredos, no formulemos complejidades, no elaboremos pegajosas telas de araña y no inventemos laberintos indescifrables que impidan el mejor desarrollo de las personas a costa de preservar el poder individual. Busquemos la elegancia, la simpleza y la sencillez de un liderazgo que base su "poder" y trascendencia en la capacidad de inspirar a través del respeto, del rigor, de la equidad y de la más honesta profesionalidad.


Raúl Baltar

30 de abril de 2012

Hablando de Rousseau....¡Se me cayó la cédula! ( Parte I )


Pareciera que utilizar la expresión "en mi época" convoca a una suerte de declaración onomástica de antigüedad que no tuviera nada de positivo. Se trataría de una interpretación perversa del calendario por la que se confiesa que la vejez ya comenzó a instalarse. Existe una expresión coloquial venezolana muy simpática que se utiliza cuando alguien hace referencia a cosas del pasado o, si usted prefiere, "de su época":

-¡¡Se me cayó la cédula!!

Permita que se me caiga la cédula y reconozca que mi año de nacimiento me clasifica como un emigrante digital. Voluntarioso y satisfecho pero emigrante al fin y al cabo. Así, mi cédula dice que a mis 10 años no existía la tecnología como hoy la entendemos, la televisión no era una opción de entretenimiento todavía, la radio estaba pero era para "los mayores" y los libros no estaban al alcance de cualquiera. Pasaba entonces bastante tiempo libre haciendo deporte y jugando con mis amigos en la calle o en el colegio.

No se si ha tenido la oportunidad de ver la serie de Televisión Española "Cuéntame como pasó" donde se narran las peripecias de una familia de clase media española y en la que hay algunas muestras de que los juegos habituales para los más pequeños en "esa época" eran el de policías y ladrones o el recurrente de indios y vaqueros. Cosas así. En definitiva se trataba de correr como locos unos detrás de otros y, aunque siempre había alguien que desafiaba las normas ofreciéndose para el equipo de los malos, lo normal es que todos quisieran pertenecer al equipo de los buenos por lo que era imprescindible hacer un sorteo estricto que decidiera quién era quién. Si te tocaba hacer el papel de bueno ¡perfecto!, pero si te tocaba el papel de ladrón, o el de indio que luchaba contra los valerosos cowboys, hacías también tu mejor esfuerzo para ser un malo respetable.

Unos cuantos años después de aquellos juegos, en mi primer año de universidad, nuestro profesor de Teoría del Estado, Enrique Tierno Galván, nos fascinaba a todos con su magnetismo, su cultura y su habilidad para hacer fáciles las densas lecciones de derecho político impartidas a un puñado de futuros economistas en período de formación. Don Enrique era conocido como el viejo profesor y fue uno de los motivadores de mi afición por la lectura. Nos recomendaba libros con frecuencia como parte esencial del aprendizaje de su asignatura (método por cierto muy interesante). Uno de los libros que nos recomendó y que, aunque algo deteriorado, guardo con especial cariño en mi biblioteca, fue la autobiografía de Jean-Jacques RousseauLas Confesiones. Buscando algunas ideas para este post, estuve hojeando este maravilloso libro que literalmente devoré con 19 años y extraje la siguiente expresión:
"el más ardiente de mis deseos consistía en ser querido de cuantos me conocían"
Un genial científico venezolano me decía conversando acerca del mundo del poder que a él le gustaba disponer de él con un único fin: conseguir caerle bien a las personas cercanas. Sin duda, reconoce mi amigo, se trata de un ejercicio de egoísmo en su caso particular pero no hay duda alguna de que las confesiones personales de Rousseau, hace más de 200 años, tienen su origen en sentimientos que siguen plenamente vigentes en los tiempos actuales. La necesidad de "caer bien" es extraña por innecesaria, pero seguramente bastante común y muy humana. Queremos caer bien a los demás y, aunque la comparación sea oportunista, de alguna manera queremos jugar en el equipo de "los buenos".....

¿Cree usted que se dan comportamientos similares en el mundo de la empresa?
¿Cree usted que los jefes sienten la necesidad de ser apreciados por parte de sus colaboradores en el ejercicio del poder?

Sin duda que el poder (y los efectos del mismo en unos y otros) es un concepto amplio y con decenas de aristas. Si buscamos alguna opinión técnica y actual al respecto, encontramos el trabajo del profesor Pascual Montañés, vinculado activamente al IE Business School, que asegura en su libro Inteligencia Política algo tan claro como que el directivo tiene que levantar el mapa del poder y establecer las prioridades. De esa manera, el profesor Montañes abre un atractivo escenario en el que definir cual es la mejor estructura del ejercicio del poder. Quizás se pueda dejar de lado en este post el dilema entre si alcanzar el poder es una consecuencia natural de la evolución profesional o, en cambio, si se trabaja por una trayectoria profesional brillante como una búsqueda de poder. Pero definitivamente es importante el QUE se hace para llegar al poder y, por supuesto, será revelador el COMO se utiliza ese poder. En todo caso, considero que llegar a una elevada cuota de poder puede ser lo peor que puede pasarle a un profesional. El riesgo inherente es dedicarle tiempo a la distribución y uso de ese poder, lo cual puede terminar convirtiéndose en tiempo (inútil para el interés general de la empresa) dedicado a la protección del status alcanzado o a buscar el reconocimiento de los demás. El reto desafiante es lograr que las cosas no sean así.

En esta primera parte del post hablo en definitiva de sentimientos apasionantes y ciertamente complejos. En el ámbito de las relaciones personales en las organizaciones, los anteriores sentimientos deben evaluarse con precaución dado que ahí subyace la relación de un jefe (líder) con sus colaboradores. Es decir, ser querido por un colaborador no es forzosamente comparable a ser respetado en el terreno profesional. Más bien, la necesidad de garantizarse el afecto (que no el respeto) de las personas que nos rodean puede conducir a terrenos de escasa productividad y, en todo caso, poco interesantes a nivel individual y seguramente perjudiciales para el interés colectivo.


Raúl Baltar

22 de diciembre de 2010

Scrooge, Armstrong o como bajar los Alpes a 120 por hora en bicicleta.....


Escribo en los últimos días del año y pocos días antes de la celebración de la Nochebuena y es por ello que me permito recurrir a dos clásicos de la literatura (libro y autor) con el fin de recrear el adecuado ambiente navideño en esta mi última entrada del año 2010:

“La puerta de la oficina de Scooge estaba abierta, porque así podía vigilar a su oficinista, que estaba escribiendo cartas, y ocupaba un pequeñísimo y oscuro cuarto, que, visto un poco más allá, parecía una especie de pozo.
Scrooge tenía un pequeño fuego para calentarse, pero el del oficinista era tan pequeño que parecía un solo carbón encendido. El caso es que ni siquiera lo podía reavivar cuando se iba apagando, porque Scrooge guardaba la caja del carbón en su cuarto, de manera que, en cuanto entró el oficinista con la pala para coger el carbón, ya estaba diciendo Scrooge que lo dejara. Así que el oficinista se puso su bufanda blanca e intentó calentarse con la vela, pero, como era hombre de pocas luces, no consiguió nada”

El fragmento anterior pertenece a la Estrofa I de Canción de Navidad”, obra escrita en el año 1843 por el genial Charles Dickens. La lectura de ese maravilloso relato permite descubrir perfiles y comportamientos humanos tan válidos en nuestra Civilización del siglo XXI (como Fernando Savater, yo creo que sólo hay una Civilización….), como en el gélido Londres de hace 170 años descrito por Dickens en su novela.
Al igual que pretenden hacer los tres fantasmas del famosísimo cuento, que recomiendo releer o leer, los días actuales son propicios para hacer revisión de nuestro pasado, de nuestro presente y de lo que se plantea para el futuro…..

- Recuerdas el camino? – pregunto el espíritu
- ¡Que si lo recuerdo! – exclamó Scrooge emocionado – Lo podría recorrer a ojos cerrados.
- En cambio, ¡qué extraño que lo hayas olvidado durante tantos años! -  apuntó el fantasma –

El pasaje anterior corresponde a la Estrofa II en la que el fantasma del pasado le recuerda al avaro personaje su antigua juventud, sus olvidadas ilusiones, su viejo entusiasmo, sus grandes amigos. Scrooge lo recuerda y también comprueba que, hoy, nada de eso ya lo tiene……Puede usted encontrar bibliografía abundante con miles de interpretaciones de los mensajes inherentes en la Canción de Navidad de Dickens, aunque dejo a su propia imaginación las interpretaciones correspondientes a los párrafos anteriores. Y aunque no se trata ahora de narrar una particular Canción de Navidad, dejo aquí la anterior referencia para hablarle ahora de un caso personal que tiene que ver con mi pasado. Hasta ahora no necesito, y espero que así siga siendo, ningún fantasma del pasado que me “ayude” a recordar mis experiencias vividas. Cuando uno hace resumen de los propósitos alcanzados en el año y de cuales son los conocimientos y las experiencias que se utilizan para conseguirlos, es natural recordar los aprendizajes recibidos, las enseñanzas aprehendidas que se suman a la genética que, sin duda, cada uno tenemos. Yo conocí a una persona que me enseñó mucho hace muchos años, Evaristo González. Todos tienen en su vida profesional personas que le marcan en detalles que van más allá de lo técnico e incursionan en terrenos esenciales, en lo cualitativo, para el desarrollo de una carrera profesional. Evaristo trabajaba conmigo en Banca Privada de Banco Zaragozano, en España, hace unos 15 años. Mi cargo me “otorgaba” la jefatura sobre él, pero mi experiencia, edad y ganas de aprender me convertían en una esponja ante sus palabras y planteamientos. Evaristo trabajaba en el banco pero, además, era un exitoso empresario. Nacido en Venezuela, su casa en Málaga era reconocida como la casa del Indiano. Como hijo de emigrantes consideraba que el trabajo era un derecho y una obligación por partes iguales y entendía que el hecho de haber sido, con el tiempo, exitoso en su actividad empresarial le generaba mayor compromiso en el respeto a su trabajo de “toda la vida”. Sus valores, por tanto, eran firmes y sobre la base de los mismos se permitía afirmar algunas cosas que no he olvidado:

- Todos tenemos derecho a ser felices en el trabajo. Yo quiero levantarme todos los días e ir sonriendo a mi trabajo. ¡Tengo derecho a ello!

Es muy probable que los ejecutivos de una empresa entiendan cual es su participación “técnica” en la consecución de resultados. Pero si nos proponemos complicar algo más la fórmula anterior, quizás podemos afirmar que no somos todo lo conscientes que se debiera en entender que los resultados van a depender, en buena medida, de la actitud y satisfacción ante el trabajo de cada uno.

Hace apenas una semana tenía la oportunidad, junto a un nutrido grupo de colegas del Banco Exterior, de escuchar al profesor Camilo Cruz haciendo una magistral presentación de lo que es la actitud de las personas ante la vida. Con una energía y un entusiasmo notables, Camilo desplegó una muestra muy interesante de esas actitudes a través de  una selección de respuestas obtenidas por él mismo en distintas ciudades de Latinoamérica ante un saludo de ¡Buenos días! Algunas de las respuestas comentadas nos eran familiares a todos y, otras, nos sorprendieron sobremanera:

- ¡Buenos días! ¿Cómo estás?
- Aquí….pasándola……. (es decir, matando el tiempo….)

Quedó muy claro el mensaje. No tengo nada mejor que hacer que matar el tiempo…….Un propósito por el que debe usted luchar es por conseguir una actitud entusiasta y no negativa o pesimista. La actitud que le permita disfrutar de su trabajo y, como efecto inmediato, facilitar su tránsito hacia el éxito y la satisfacción personal. Soy testigo de que una organización con colaboradores que son felices consigue mejores resultados. Aquellos que se dan cuenta de que “tienen derecho a ser felices” en el trabajo, logran una integración con los objetivos de la organización que quizás no sea sencilla al comienzo, pero que termina por convertirse en natural.

En estos tiempos de confraternidad en la empresa y de agradables encuentros que rescatan lo mejor de cada cual, podemos establecer un claro propósito para el futuro, que no es otro que dedicar tiempo, también a uno mismo. Tiempo valioso de reflexión, de encuentro con lo mejor y lo peor de lo que hacemos o dejamos de hacer. Tiempo de entender nuestra actividad y nuestra actitud ante las decenas o cientos de cosas que pasaron durante los últimos 12 meses.
Un colega ha tenido la amabilidad de regalarme un libro titulado “Mi vuelta a la Vida” de Lance Armstrong. Lance hace balance en este libro de “sus últimos 12 meses” y explica como descubre que tenía cáncer y recuerda cómo fue el proceso de enfrentarlo, curarlo y, finalmente, ganar el Tour de Francia. Quisiera rescatar un fragmento del Capítulo 5 de ese libro:

“El hecho de que en mi cabeza viviera algo que yo no había invitado a entrar me hacía sentir un pudor incómodo. Cuando hay algo que se te mete directamente en la mente tiene que ser muy personal, así que decidí corresponderle y ponerme muy personal yo también. Empecé a hablarle, a conversar con el cáncer, e intenté ser firme en mis afirmaciones:

- Elegiste a la persona equivocada-le dije-. Si ibas por ahí buscando un cuerpo en el que vivir, cometiste un gran error al elegir el mío.”

Lance decidió luchar por su vida, decidió ser feliz y “morir a los 100 años con una bandera americana a la espalda, tras descender gritando por los Alpes en una bicicleta a 120 kilómetros por hora”. Lance obtuvo un éxito rotundo, venció al cáncer, se convirtió en inspiración para millones de personas y se encuentra esperando, entre competiciones, los casi 65 años que le faltan para bajar a 120 kilómetros por hora por los Alpes…...A mi, definitivamente, me encanta esa actitud!
En Banco Exterior tenemos el privilegio de convivir con la Fundación de Amigos de Niños con Cáncer de Venezuela. Hace unos días, como viene ocurriendo los últimos años, entregamos alimentos y juguetes donados por todos los colaboradores del banco a una representación de los niños de la Fundación. En uno de esos actos, entre esos chicos y chicas maravillosos cuya sonrisa no se borra, destacó una muchacha, Mariana, con una sonrisa radiante en su rostro a causa de la ilusión que le producía comentarnos a todos como iba a comenzar a trabajar con su nuevo negocio: alquiler de teléfonos celulares en un puesto en la calle……

¿Pueden encontrar una mejor actitud? ¿Más ganas de ser feliz? Les confieso que a mi me resulta difícil imaginar mensaje más poderoso y me renueva las ganas de construir junto a los míos…..

Feliz Navidad


Raúl Baltar